Estamos en pleno agosto, pero las que nunca se toman vacaciones son las redes sociales. Es más, algunas trabajan más que nunca, como es el caso de Instagram. La «red de las fotos bonitas» está haciendo su particular agosto y llenándose de playas de arena blanca, atardeceres de color púrpura, valles verde fosforito y rostros bronceados con gafas de sol.

Hace unos días se publicó en «El Periódico» un artículo que iba acompañado de una fotografía en la que se veía a tres chicas posando y sus respectivos novios inmortalizando sus mejores perfiles en una playa tailandesa. La playa era idílica, las chicas preciosas. Los acompañantes, convertidos en fotógrafos profesionales por obra y gracia de los avances de la tecnología, buscaban el ángulo exacto en que se viese a su chica rodeada tan sólo por un cielo azul y un mar turquesa, como si fuese la única persona en el idílico paraje.

El artículo puso en evidencia una realidad que vemos todos los días y que se multiplica en esta época vacacional: la necesidad de documentar cada paso que damos y mostrarlo a los demás con el envoltorio más sugerente del que seamos capaces. Si lo pensamos, no hay nada nuevo en ello. El ser humano es un ser social, con aspiraciones de trascendencia y en busca constante de la belleza. ¡Y encima nos dan una cámara con todas las posibilidades imaginables conectada a la «world wide web» para que el mundo vea todas las cosas que hacemos! Es un cóctel perfecto e irresistible. Y tampoco hay nada que reprocharse por ello.

Somos seres sociales, con aspiraciones de trascendencia y en busca de la belleza. Sumarle a ésto una cámara de fotos conectada a Internet que puede subir fotos al instante y tenemos un cóctel explosivo.

El problema surge cuando colgar fotos se convierte en una obligación y le dedicamos demasiado tiempo a buscar la imagen perfecta, retocar con filtros que hagan de una imagen sencilla algo espectacular, lleno de colores brillantes y luminosos y todo ello para mostrar a los demás que nuestras vivencias son maravillosas. Ese ansia de «likes», «me gustas», comentarios y seguidores que proporcionan una secreta satisfacción de triunfo. Porque, si lo pensamos, todas esas fotos son prescindibles. Hace años no podíamos hacer llegar nuestras imágenes al resto del mundo en tiempo real. «¿Para qué voy a hacer esto?» sería lo que responderíamos la mayoría si nos hubiesen contado hace años lo que estamos haciendo hoy día con nuestras fotos y las redes sociales. Pero la realidad va más rápido y parece que sabe más de lo que sabemos de nosotros mismos.

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